Espejos

I

19-71.jpgMe veo de nuevo estando frente al mismísimo espejo. Sí, el inmediatamente anterior. ¿O no? La verdad, es que ya he dado bastantes vueltas alrededor del mismo lugar.

II

La sala de los espejos es un lugar en el cual grandes cantidades de gente, cúmulos de hombres e historias pasan el día difuminándose entre las láminas de luna.

III

Era un parque grande, de esos que te hacen abrir los ojos como ante lo desconocido. Debe haber sido a los catorce o quince cuando lo visité por primera vez.
Mi mamá me había advertido que el hombre llevaría una corbata amarilla y que era gordo y sudoroso, de modo tal que no fue difícil distinguirlo entre los que salpicaban mostaza y ketchup en el quiosco. Me dijo que lo siguiera a su oficina, que hacía mucho calor. Me senté en el sillón y me sirvió jugo. Deben haber sido las tres cuando me explicó que mi única ocupación sería cortar el boleto y sonreír con un amable “que se diviertan, estamos alegres de servirle”. Además, cuatro billetes ya significaban algo para mí, y sólo por la tarde no estaba mal para esa época.

IV

Ahora que lo pienso la había visto dos o tres veces antes de que me hablara. Era una niña que hace unos días había pasado acompañada por su padre y una señora mayor. La vez que vino sola me dijo que no encontraba a su padre y que la siguiera. Yo llevaba tres días trabajando y no había tenido la ocasión de ver los espejos: siete rectángulos en la habitación sombría y sucia, formas convexas y cóncavas, ilusiones irresponsables en diversas posiciones. Estos formaban un círculo más o menos irregular. Puso su espalda contra la mía y me pidió que caminara en línea recta hasta llegar al espejo, que sólo mirara el suelo para no confundirme. Si no lo encontraba que regresara y volviera al mismo centro. Extraño juego de niños, pensé, y entre temor y nerviosismo alcancé la orilla de la sala, me di vuelta y la vi. Nada. Sentada en el centro me dijo que cerrara los ojos y que al abrirlos la buscara; si no la encontraba, debía buscarla afuera frente a las tacitas, en el carrusel. Idiota. Y comencé a buscarla.
-Al señor Ubilla no le pasan gato por liebre -me dijo, y volví al trabajo, afligido y humillado. Ya cerraba cuando me pareció ver a alguien dentro de la sala, era tarde y nadie había entrado a esa hora. Bah, no importa, ¿quién se quedaría mirando espejos toda una noche?

V

Un instinto felino, anhelante, ambicioso, me hizo caminar hasta el carrusel. Me compré un algodón y me senté en una de las bancas. Parece que hubieran sido días largos o extrañamente interminables desde que miraba el carrusel dar vueltas, como mi propia historia que iba y volvía en el vaivén, como un respiro viajero y circular. Meditando, me contemplaba confiado, una sana alegría pacificaba todo dentro de mí. Parece que hubieran sido años desde entonces.

VI

Mientras me afeito indago en mis treinta y dos años. Seguí trabajando en el parque por un tiempo más, no obstante algo en ese momento murió. La muchacha no apareció y ya no la espero. A veces me pregunto porqué nunca me fijé bien en su cara. Creo que fue el ir mirando hacia abajo y creer ciegamente en ella. ¿Habré sido culpable de dejar mi trabajo? ¿Quién era ella después de todo? Desde que su espalda de espejos se separó de la mía parece que no dejé de caminar.

Guillermo Romero.
19 de Julio del 2006. 01:49 a.m.. Horcón.

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