Hoy desperté y me encontré perdido. Tengo 23 años y no he hecho nada. Fui a la universidad y me gradué, pero qué importa eso en la vida, de qué sirve un título, a menos que éste te hable y te diga que te quiere, que te ama, que te cuidará. Buscamos y buscamos el éxito pero realmente nunca lo encontramos. Todo se va en noches de vigilia, leyendo libros absurdos que nos hacen soñar con algo que nunca seremos, que nos hacen soñar con las utopías desgastadas de extraños que alguna vez estuvieron en nuestro pellejo. Nos sumergimos en nuestro propio mundo que ni siquiera nosotros conocemos y, sin darnos cuenta, despertamos 23 años más tarde tristes, solos y abandonados; tratamos de recordar aquellos libros, aquellos que otrora fueron nuestros héroes, pero que hoy ni siquiera reconocemos.
Sin embargo, recuerdo que en algún momento sentí vida de verdad, sentí amor, dejé huellas (o al menos eso creo). En algún momento, en el tiempo del mundo normal, exactamente hace cuatro años (en el tiempo de mi mundo ya parece una eternidad) creo que fui feliz. Sentí aquello que el ser humano llama amor. Para mí después de esos cuatro años la palabra amor es sólo una ilusión del hombre para esquivar la soledad y al mismo tiempo sentirse bien con la afortunada (o desafortunada) persona que lo acompañará en tan bizarra empresa. Pero basta de filosofía barata, y seamos sinceros por una vez en la vida: yo tuve aquella bizarra experiencia llamada amor. Existió aquel ser; me quiso, me odió, me perdonó, me aceptó. Yo, en cambio, hice todo lo contrario y me convertí en un tirano de dicho sentimiento. Quizás mi “amor” iba más allá que aquel aceptado por todos los mortales que en algún momento profesan algo llamado erróneamente amor eterno. ¿Cómo puede ser eterno el amor sin aplicar la tiranía innata del ser humano cuando se trata de algo que se quiere conservar para siempre? Fue lo que yo hice, me convertí sin darme cuenta en un subyugador que, sin embargo, en la soledad y oscuridad de un rincón lloraba y gemía como si el dolor le fuera a abrir el pecho. Sucedió lo que tenía que suceder, la naturaleza humana actuó en mi contra y sembró el deseo de libertad en aquella mujer a la que yo, con mi “amor” esclavicé. Hoy me levanto y me doy cuenta que soy nada, que el vacío y eterno dolor que desgarra mi corazón, sembrado por la libertad de mi amada, es y será mi yugo de esclavitud, mi tirano.
Para aquellos que vuelven una vez más al jardín de los corazones rotos…
El hombre del espejo
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